Arely Villagrán

Arely Villagrán

Adicciones y Espiritualidad

A principios de la década de 1930, el Dr. Jung trabajó con un hombre alcohólico llamado Rowland y ese trabajo contribuyó, años más tarde, a la creación de la organización Alcohólicos Anónimos. Durante el año en que Rowland estuvo en Suiza haciendo terapia con el Dr. Jung, fue capaz de mantenerse sobrio, pero, en cuanto regresó a los Estados Unidos volvió a beber.

Entonces fue nuevamente a Suiza a consultar con Jung, y éste le dijo que la única esperanza que tenía para abandonar la bebida consistía en que asumiera que necesitaba una transformación espiritual. Sin esa opción, no habría “cura”. Años después Jung y Bill Wilson, uno de los fundadores de Alcohólicos Anónimos, intercambiaron correspondencia sobre el tema. En 1961, Jung señalaba que no era casual que al alcohol también se le llamara “espirituoso” ya que la sed de alcohol del alcohólico era equivalente a la sed del alma por lograr la unión con Dios. “Alcohol en latín es spiritus, y esa misma palabra se utiliza tanto para referirse a la experiencia religiosa más elevada, como para hablar del veneno más depravante que puede esclavizarnos. La fórmula útil sería: Spiritus contra spiritus–escribió Jung a Bill Wilson, en una carta de 1961– Esta sería la fórmula alquímica que enseña que sólo con el Espíritu se puede contrarrestar la adicción.”

Si podemos entender el alcoholismo y todas las adicciones como anhelos espirituales, esto indicaría que algo muy diferente es lo que está sucediendo en una sociedad como la nuestra, profundamente adictiva. Se podría decir que no tenemos tanto una crisis con el alcohol y las drogas –o lo que sea que necesitemos consumir–, como una crisis espiritual. Al mismo tiempo la adicción es una perversión que muestra que nuestra propia naturaleza espiritual se está devorando a sí misma. La epidemia de adicciones también puede verse como un intento del Espíritu de volver a participar de nuestra cultura humana.

Como compartió Marion Woodman, gran terapeuta junguiana, en una entrevista sobre las adicciones: “La curación sólo puede llegar a través de la misma herida que se pretende sanar. El débil siempre confunde a los fuertes. El Yo consciente puede saber exactamente lo que quiere, puede moverse en la dirección correcta a lo largo de toda la vida de manera muy firme dirigido hacia un objetivo claro, pero inconscientemente hay un lado infantil de la personalidad capaz de abatir al Yo. De hecho, hundirá al Yo, a menos que sea reconocido.

Nuestro lado débil es el lado adictivo, así que sólo funcionará una terapia si trabaja con ese lado inmaduro / infantil, -que se manifiestan en el EGO-, y que el individuo es en última instancia. La cadena es tan fuerte como lo sea su eslabón más débil. Es ese lado débil el que está involucrado con la divinidad, tal como yo lo veo. Esa parte tan incontrolable, tan exigente y tan tiránica (EGO), es al mismo tiempo la que trae la alegría y la creatividad a la vida (pureza, niño interno). Esa parte es el alma que nunca puede ser silenciada y que, enterrada en la materia, anhela el espíritu. Los adictos están tan sumidos en la materia que anhelan el espíritu, pero cometen el error de concretar esa búsqueda en la sustancia. Si ellos realmente entendieran lo que anhelan y pudieran entrar en el reino de la imagen (símbolos), en el reino del alma, entonces algo muy diferente sucedería.

¿Qué es esa terrible hambre que se manifiesta en cualquier adicción? Es como si toda nuestra civilización estuviera alimentando esa hambre, pero no para satisfacernos, sino para dejarnos más hambrientos. Ese es el sentido del “Quiero más, quiero más, quiero más de lo que sea a lo que estoy enganchado.”  La gente adicta hace todo lo posible para disciplinarse a sí misma y puede hacer un muy buen trabajo de 7 de la mañana a 9 de la noche. Pero luego llega la noche, la fuerza de su Yo se derrumba y, de repente, emerge el inconsciente. Tan pronto como el inconsciente irrumpe con todos sus impulsos instintivos, el Yo pierde el control. A continuación, la adicción coge el mando como una tirana. Su voz es la de una niña perdida muerta de hambre: “Yo quiero, quiero, quiero… y voy a conseguir lo que quiero”.

Hay una instancia de lo débil que confunde a lo fuerte. y, por tanto, a un profundo rechazo de la materia. A menudo, se encuentra un síndrome que va desde la bulimia a la anorexia, al alcoholismo, a la drogadicción, al fanatismo religioso, al victimismo… La gente adicta tiende a pasar de una adicción a otra. Mientras permanezcan en una conducta adictiva, no harán más que sustituir una adicción por otra, porque la curación no se ha producido.  Creo que, para llegar a la esencia del problema, se tiene que mirar qué es lo que le hemos hecho al cuerpo, qué le hemos hecho a la materia en nuestra cultura.

La palabra latina mater significa “madre”. Madre es la que cuida, nutre, recibe, ama, ofrece seguridad. Cuando la madre no puede aceptar a la criatura, la criatura también rechazará su propio cuerpo. Después de ese rechazo, ya no tendrá ningún hogar seguro y, en ausencia de dicha garantía primordial, sustituirá a su madre por otras madres: la Madre Iglesia, la Madre Alma Mater, la Madre Seguridad Social, la Madre Alimentos… Se desarrolla así una relación desesperada de amor / odio; y eso mismo se ve reflejado en la relación que tenemos con la Madre naturaleza, con nuestro origen como seres humanos y nuestro entorno. El terror de perder a la madre es igual al terror de ser devorado por ella. Sin la seguridad que nos ofrece habitar la casa del cuerpo, a los individuos no les queda más remedio que confiar en sustitutos que reemplacen esa seguridad que han perdido. Aún más, si el cuerpo es rechazado, su destrucción se convertirá en el modus operandi. En ausencia de una madre nutricia, personal o arquetípica, las personas tratan de encontrarla en cosas concretas, como si así pudieran hacer presente lo que saben que está ausente. Irónicamente, no logran capturar una presencia, sino sólo la ausencia en sí misma. Piense en esa gente que trata de fotografiarlo todo, de grabarlo, de capturar un evento y mantenerlo en estado estático. Eso es lo que quiero decir con “concretar”.

La mayoría de las personas no alimentan sus almas porque no saben cómo hacerlo. En esta cultura la mayoría de nosotros somos criados por padres y madres que, como el resto de la sociedad, están corriendo tan rápido como pueden tratando de mantenerse económica y socialmente. Hay una impulsividad a la que somos sometidos, incluso dentro del útero.  Preocupados por todo lo que quieren “dar” /hacer/ complacer, que no pueden, ni se permiten recibir nada”.

La adicción, como cualquier enfermedad, puede llevarnos a habitar nuestros cuerpos. La curación viene a través de la realización del alma, del alma que sólo vive en el aquí y en el ahora. El cuerpo ES. El alma encarnada en la materia es el aspecto femenino de Dios. La agonía de una adicción puede romper el corazón que está abierto al amor. Ese punto de ruptura que es tan importante, es el filo que los adictos tienden a vivir como aniquilación o apocalipsis. En nuestra era tecnológica la velocidad nos empuja de tal modo que aniquilamos lo que nos está pasando. Pasamos de largo por los momentos en que el alma se manifiesta. Nos movemos de incidente en incidente sin estar presentes. En el alma no ocurre nada si no se toma conciencia de lo que está pasando. Lo que ocurre en el alma tiene que ser concienciado, pensado, hablado, escrito, pintado, bailado, hecho música… En otras palabras, tiene que pasar de ser literal a ser metafórico, para que pueda ser asimilado y dar fruto.

William Blake dice que el cuerpo es “esa porción del alma que se manifiesta por los sentidos.” hay que vivir con esa idea: La vida es una ceremonia constante. Me siento y miro por mi ventana, y veo los árboles bajo el cielo azul. Puedo sentir su “alimento” llegando a mis ojos y cómo éste va hacia abajo, abajo, abajo, interactuando allá dentro y llenándome de oro. Mi alma se alimenta de este modo. Y veo, huelo, saboreo, oigo, toco. A través de los orificios de mi cuerpo, doy y recibo. No trato de capturar lo ausente. Ese intercambio entre el alma encarnada y el mundo exterior es un proceso dinámico. Es así como el crecimiento se lleva a cabo. Así es la vida.

De eso se trata la terapia con enteógenos. Como facilitadores nos convertimos en un espejo que refleja y devuelve al otro lo que está proyectando, lo que su cuerpo le está diciendo sin que esa persona pueda escucharlo. Sin un espejo, no podemos vernos a nosotros mismos. Además la experiencia que se vive, nos trae al presente, al aquí y al ahora, a lo que se está vivenciando, se disloca el Ego, y nos acerca a nuestros más puros e inocentes cuestionamientos, heridas y deseos, y es ahí, donde empieza la sanación.

Solo cada quien puede sanarse a sí mismo; y la medicina, es la puerta que nos conecta con ese espejo, que somos nosotros mismos, a través de los simbolismos y las visiones, que rompen nuestra estructura racional, para poder escucharnos, confrontarnos, alimentarnos y amarnos.

Arely Villagrán

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